Viaje en moto al Océano Pacífico – del miércoles 12 al lunes 17 de enero de 2011 – Andrés, Cristian y Rubén.
Eran las 02:35 am cuando terminé con todos los preparativos para el viaje y darme un merecido descanso antes de la aventura que pensaba emprender en pocas horas más. Programo la alarma de mi celular para las 07:30 am, me persigno y vuelco mi cabeza sobre la esponjosa almohada y el mullido colchón que seguramente extrañaré por varias jornadas. A la memoria me vino la conversación que mantuve con una señora unos días atrás y que fuera a sacar fotocopias a mi casa:
−¡Qué suerte que tuvo doña! porque estaba cerrado el negocio y en este preciso momento llego de Rodeo del Medio. Me fui en mi moto a pedirle la bendición al sucesor de Don Bosco que visitaba la comunidad salesiana de Mendoza.
La mujer abrió ostensiblemente los ojos, y aunque no me tenía mucha confianza exclamó:
−¿¡A Rodeo del Medio en moto!? ¡Vos estás loco!
La localidad de Rodeo del Medio se encuentra a unos 35 km de distancia de mi pueblo. Y en menos de cinco horas planeaba salir del país en esa misma moto, cruzar la cordillera de Los Andes y llegar hasta la costa pacífica de Chile. Espero que esa señora jamás se entere de mis nuevas andanzas.
En mi cama recordaba aquel episodio y picarescamente sonreía solo. Cerré los ojos con la esperanza de abrirlos al amanecer de un nuevo y excitante día. Pero de repente el techo de mi habitación comenzó a estremecerse, y por la ventana ingresaban sonidos bastantes molestos: ¡Crashhh! ¡Bommmm! ¡Banggg! Definitivamente no eran los paladines de la justicia Batman y Robin, mucho menos Roxette, tampoco la rokcola de mi amable vecino de enfrente. Eran los obreros municipales que llegaban a instalar el escenario para la elección de la reina de la vendimia distrital al lado de mi casa. −¡Justo esta noche tenía que ser! Y sí, así es la vida. Y me quedé escuchando la canción de Roxette interpretada con palas y martillos por los empleados municipales hasta que por fin me dormí.
EL VIAJE
DÍA PRIMERO
El día amaneció totalmente despejado y con una temperatura por demás agradable. Junto a la puerta estaba la nave esperando mi ok sobre su botón de encendido. Hasta ese momento la empresa había sido un secreto sigilosamente guardado. Pero llegaba el paso decisivo de darlo a conocer públicamente, de hacerme cargo de mis propósitos asumidos. Descubrí que todavía estaba a tiempo de arrepentirme, miles de pretextos podría inventar para dar marcha atrás a este audaz proyecto. Pero no, mi corazón ansiaba este salto. Abrí la puerta de mi casa y los voluminosos bultos sobre la parte trasera del asiento de la máquina, junto con los bidones para el combustible salieron a la luz, atrayendo las curiosas miradas de los casuales transeúntes de mi vecindad. Abracé fuertemente a mi viejita, le di un ruidoso beso y el escape bramó resueltamente. Brinqué sobre mi caballo y me fui en búsqueda de mis compañeros, ellos también jinetes como yo de sus propios destinos: Andrés (un excelente amigo conocido hace medio año) con su Zanella 125; y su hijo Cristian (que no conocía hasta entonces) en su Zanella 250.
El punto de reunión (me avisaron) sería el puente del Predio de la Virgen en la intersección del Acceso Este y el Acceso Sur. ¡Qué alegría cuando me dijeron! Sobre ese mismo puente se erigió el altar donde Juan Pablo II ofició la misa en su visita por la Argentina hacen 23 años atrás ¡yo estuve ahí presente!
Nos sacamos un par de fotos con Andrés hasta que llegó Cristian, nos presentamos y enfilamos las máquinas hacia la mole rocosa. A escasos tres km. nos detuvo gendarmería en un operativo, pero todo estaba en óptimas condiciones, y uno de los oficiales se sorprendió al escuchar el objetivo final.
Llegamos hasta la aduana chilena sin mayores sobresaltos, salvo el túnel que antecede al mayor de Las Cuevas (túnel Cristo Redentor con 3 km. de longitud) donde categóricamente no sabíamos donde estaba el centro del camino y la pared lateral derecha, con camiones de frente que encendían la luz alta para sortear la densa oscuridad reinante.
En la aduana chilena llenamos los formularios de ingreso al país hermano de Chile, pagamos el peaje (en argentina las motos no pagan) y surgieron los primeros inconvenientes. Cuando coloco primera, siento que la palanca de embrague topa contra el puño: se me había cortado el cable. ¡Qué mala pata! Compré unos cables de repuesto pero no los llevaba. Mientras tanto a mis compañeros les revisaban minuciosamente los equipajes y un polizonte quedó al descubierto: un aromático y sabroso melón blanco. Como Andrés se olvidó de mencionarlo en la declaración jurada, se lo incautaron y le abrieron una causa. De esa manera ingresábamos al vecino país, y para colmo de males, en el deseo de partir pronto del lugar, en un descuido perdí el guante derecho del par que recién estrenaba.
Cada tanto debíamos detenernos ya que el camino estaba interrumpido en tramos por los trabajos de vialidad sobre la calzada. Arrancar de nuevo era para mi una tortura, pero para los demás viajeros motivo de gracia, ya que debía empujar la moto con un pequeño trote (al estilo Pedro Picapiedras ) y con el motor en marcha poner el cambio. En esas circunstancias, sin embrague, tuve que bajar los famosos y temibles Caracoles del lado Chileno.
Nos alojamos en el primer Camping que avistamos, porque ya la noche se insinuaba entre las altas cumbres. Fuimos a comprar alimentos y a preguntar por algún taller pero recién hasta Los Andes no había ninguno. Nos instalamos e inmediatamente nos dedicamos al embrague. Se me ocurrió preguntarle al encargado del camping si por esas casualidades de la vida no tenía un cable de freno de bicicleta, pero oscilando su cabeza de un lado hacia el otro me indicó que “no”. A los cinco minutos volvía con una pequeña pieza en la palma de su mano:
− Amigos, cable de bicicleta no tengo pero encontré esto ¿les servirá?
¡Era justamente lo que necesitábamos! un prisionero todo oxidado pero reutilizable. Al final el embrague quedó mejor que antes ya que podía poner punto muerto con el motor en marcha. ¡Prueba superada!
DÍA SEGUNDO
Apenas abrimos los cierres de las carpas fuimos asaltados por una horda hambrienta de tábanos. Fuera de este asedio la mañana se presentaba fantástica. Desayunamos obviamente a la argentina con mate y galletitas con picadillo. A continuación vendría el debate para escoger el destino, ya que siempre hablamos de llegar a la costa pacífica, pero jamás especificamos el lugar exacto. Andrés se inclinaba por Viña del Mar que ya conocía, Cristian prefería visitar Valparaíso, y yo deseaba conocer la ciudad de Reñaca. En ese preciso instante descubrimos la extensa variedad de alternativas que ofrecía la costa chilena, y también que sobre gustos no hay nada escrito. Entonces, tomando la palabra exclamé:
−¿Y si sacamos los mapas para estudiar mejor los trayectos?
−¿Qué mapas? –me contestaron los dos a una sola voz.
−¿Vos trajiste mapas?
−No, yo tampoco –les respondí.
Inmediatamente me di cuenta que estaba con los míos… con gente de mi palo. Habíamos transitado la mitad del camino sin mapas ni GPS, y así lo seguiríamos haciendo durante toda la travesía. En un país extranjero y en donde el cambio monetario no nos convenía. Mis dos camaradas: Andrés con su moto argentina 125 cc. que si sufría algún desperfecto no se podían conseguir los repuestos en este lado de la cordillera. Cristian, que nunca había salido de la Argentina, también en su moto nacional. Y mi máquina modelo 87’ no brindaba muchas seguridades que digamos. Otro condicionamiento fue no contar con señal telefónica en los celulares a partir de Las Cuevas, totalmente incomunicados con el mundo y entre nosotros, lo que obligaba a mantenernos siempre juntos porque si alguno se perdía de vista sería muy dificultoso el reencuentro.
Definitivamente estaba con la clase de gente que yo buscaba hace mucho tiempo. Con personas que no se intimidan ante los desafíos, ni se quedan esperando tiempos mejores para cumplir sus deseos. ¡Hoy era el día! Y lo estábamos viviendo en cuerpo y alma.
Por el costado nos pasaban velozmente motocicletas de hasta 1.000 cc. “0” km. , con maletas de aluminio, GPS, notebooks con Wi-fe, teléfonos satelitales, cascos rebatibles, tarjetas Visa y Mastercard. En cambio por delante, en su Zanella 125 mi amigo cruzaba pausada pero firmemente las mismas cumbres colosales de Los Andes tapado por otra montaña de bolsos en su asiento trasero. Sí, me dije, definitivamente estaba con los míos… y con ellos me animaba a recorrer todos los caminos.
Los últimos 10 km. hasta llegar a Viña fueron interminables, quizás por el gran entusiasmo de cumplir con nuestra meta y también de presenciar el majestuoso océano Pacífico. Algunos automovilistas hacían sonar sus bocinas como en señal de reconocimiento por la hazaña. Otros obreros a la vera del camino nos agitaban los brazos eufóricamente como si en sus manos portaran banderas a cuadros marcando el final de la carrera. En esos instantes el Rally Dakar cruzaba la cordillera desde Chile hacia la Argentina captando toda la atención mundial, mientras que nosotros hacíamos el camino pero en sentido totalmente inverso. Ningún medio de comunicación transmitía nuestra carrera, pero eso no nos preocupaba en absoluto: habíamos decidido ser nuestros propios protagonistas y público, dejando atrás la cómoda butaca de espectadores. El premio fue mucho mayor que el anchuroso Mar que se abría ante nuestros extasiados ojos.
Estacionamos las mulas frente a la plaza principal de Viña, fuimos a cambiar pesos argentinos por chilenos, y luego a Secretaría de Turismo para preguntar por algún lugar en donde instalar el campamento. Pero ¡oh sorpresa! En 70 km. a la redonda no existía un solo camping en donde fijar residencia. El único más cercano se hallaba a 71 km. hacia el norte siguiendo la ruta de la costa. Y hacia allá partimos con nuestras mulas cargadas de enseres por las avenidas bacanas de Viña del Mar.
DIA TERCERO
No fue sencillo encontrar el camping de La Ventana que nos recomendaron en Secretaría de Turismo. Mucho menos fue el acceso hasta él, y hasta un auto tuvimos que auxiliar porque se hallaba enterrado en la arena. Pero ya estábamos instalados en el hermoso camping de El Tebo con vista y acceso al mar, perteneciente a las serviciales y simpáticas hermanas Pavez. Muy temprano por la mañana fuimos a saludar y explorar la playa tan anhelada. La costa totalmente deshabitada por la hora nos brindaba un espectáculo exclusivo de su belleza natural.
Nos sentíamos cazadores de tesoros frente a una caracola u otro animal acuático. Por varios minutos podíamos observar un ejemplar completamente arrobados, y cinco metros más allá toparnos con cientos de ellos debajo de una roca.
La mañana se nos escapó inadvertidamente, contemplando aquel fantástico cuadro marítimo donde la vida se mostraba rozagante, imponente, y nosotros dentro de la pintura formando parte de su paisaje.
Una estrella de mar se asomó tímida por la grieta de una roca. Como un niño salté y fui en su búsqueda. Mi amigo Andrés me dijo que sería imposible desprenderla porque se adhieren tenazmente a la superficie. Tenía razón, pero mi insolencia y tozudez hicieron que la estrella habitara por unos segundos el hueco de mi mano. Después de observarla detenidamente la devolví a su espacio habitual, nadie se animó a darle muerte a este hermoso animalito de la creación por el sencillo gusto de llevarse un trofeo de recuerdo. Esa estrella seguirá habitando allí, aferrada al eterno azul cielo del mar, esperando otras manos que quieran atraparla y experimentar en la propia piel la dicha de acariciar los anhelos más hondos del alma. Sí, atrapamos nuestra Estrella, ya podíamos Volver contentos a Casa.
Regresamos al campamento para el medio día y me tocó “cocinar” en esa oportunidad, asique saqué mis latitas de picadillo, junto con los sobres de sopa y puré instantáneos para el deleite de mis compañeros que “harto” felices estaban con mis artes culinarias. Luego del suculento banquete reparamos el estribo izquierdo de la moto de Cristian que zigzagueaba sobre un frágil bulón.
Conocimos a Pilar y a su hija Daniela, dos nuevas amigas con quienes compartiríamos prácticamente el resto de la estadía en El Tebo. Nos llevaron a conocer la localidad pesquera y hippie de Horcones y después nos trasladamos –en nuestras motos− hasta la playa de La Ventana donde presenciamos un majestuoso atardecer. Gentilmente nos invitaron luego a un “carrete” para disfrutar con amigos por la noche. Allí conocimos a Michael, Elías, Juan y Kristal.
DIA CUARTO
Fue difícil afrontar la decisión de separarnos de nuestras naves y tomar un “bus” hasta Viña del Mar. Pero más complicado fue convencer a mis compañeros de que necesitábamos darnos un buen baño antes de partir hacia esa turística ciudad. Sin embargo nos duchamos y marchamos con la grata compañía de Daniela que curiosamente no conocía ese lugar.
Viña del Mar es una inmensa urbe que al parecer no duerme nunca. Con sus coloridas avenidas y artistas ambulantes que pululan por todas partes para el deleite de los circunstanciales transeúntes. Me pareció un lugar ideal para veranear especialmente con la familia. Ingresé por un instante a la emblemática Iglesia de la Virgen de los Dolores donde fuera bautizado el padre San Alberto Hurtado y luego partimos hacia la playa.
Recorrimos varios kilómetros, extasiados por el espectáculo que brindaba la naturaleza y la multitud agolpada frente a las juguetonas olas marinas. Sombrillas, pelotas y toallones multicolores daban un pintoresco plus a las estimuladas pupilas. Conocimos desde el exterior algunos lugares característicos como el antiguo castillo de Wulff, y muy cerca de él, el moderno hotel Sheraton.
Retornamos a la plaza principal para tomar el bus que nos reuniría nuevamente con nuestras máquinas que ya se extrañaban demasiado. En camino, un personaje casual nos hizo perder un poco la paciencia. Un joven borracho que en una brusca maniobra del bus volcó el contenido de su botella sobre el brazo de Cristian y la suela de mi chancleta. De ahí en más se pondría bastante cargoso el señorito. Los envases de sus cervezas vacías rebotaban por todo el vehículo para el fastidio de los pasajeros. Y como si esto fuera poco solicitó al chofer que frenara por un instante para evacuar su vejiga. Sí, increíblemente el bus se detuvo para que el mocito hiciera pipí al lado de la rueda delantera mientras todos lo esperábamos sobre el transporte.
Cuando llegamos a La Ventana ya entrada la noche, Pilar y Juan Carlos nos esperaban en su coche para llevarnos hasta el Tebo. Las naves estaban en el mismo sitio donde las dejamos, aunque se notaban bastante aburridas. Luego disfrutamos de otro carrete con nuestros simpáticos amigos chilenos.
DIA QUINTO
El domingo por la mañana y por fuerza mayor tuve que abandonar el campamento para asistir a la Iglesia de La Ventana. Llegué justo cuando comenzaba la Misa. El sacerdote al iniciar la homilía preguntó de donde eran los feligreses presentes. La mayoría lógicamente que era de Chile, de Copiapó, Melipilla, Santiago, Valparaíso, etc, etc.
–De Mendoza, Argentina… dije levantando la mano. Y el curita me replicó sorprendido desde el altar −¿De Mendoza, Argentina? Pero posteriormente se escuchó otra voz del fondo que me quitó protagonismo…
−de Caracas, Venezuela.
Y otra más:
−de Toronto, Canadá.
Metí mi mano en el bolsillo lentamente mientras me consolaba para mis adentros… ¡pero yo me vine en moto a la Misa ja ja!
Al terminar la celebración le pedí una bendición al sacerdote quien amablemente accedió y le dio un buen rocío de agua bendita a mi nave rodeada además por cuatro monjitas y dos ministros de la Eucaristía.
Fue difícil desarmar el campamento y despedirnos del lugar y de su gente que tan amablemente nos habían recibido. Pero los lazos ya quedaron para siempre y seguramente que vendrán otras ocasiones para seguir compartiendo con nuestros amigos chilenos.
Antes de abordar el camino de regreso a Casa, pasamos por el lugar más característico de la localidad. Justamente el pueblo de La Ventana se llama así por una abertura formada caprichosamente sobre una prominencia rocosa en la playa y en dirección al mar. Marcharnos sin conocer este lugar era como ir a Viña del Mar y no visitar el reloj de flores. Sacamos un par de fotos como testimonio de que estuvimos allí y luego sí emprendimos el retorno.
DÍA SEXTO
Pasamos la noche en un camping de Los Andes y luego de desayunar (siempre a la argentina) nos encaminamos nuevamente hacia los picos más altos de América y del hemisferio sur. En la aduana, cuatro motoqueros se nos “colaron” categóricamente. Nuestras motos al lado de las suyas parecían bicicletas. Sin embargo, a pesar de la descomunal tecnología que nos separaba, de todos modos éramos felices, porque también cumplíamos nuestro objetivo sin estar en igualdad de condiciones. De reojo miraba a Andrés en su Zanella 125 y me decía… −Mi amigo con una moto de esas sería el Zorro, y yo el capitán América. Y después mirando hacia el otro costado la bandera Celeste y Blanca que nos guiñaba desde la cima del mástil diciéndonos. ¡Bienvenidos a Casa!
No sé porqué motivo pero salimos antes que los supermotoqueros del complejo aduanero de Horcones. Al rato nos pasaban de nuevo en sus naves espaciales. A cinco km de Uspallata nos encontramos con una caravana de mulas: era la expedición que todos los años recorre la ruta sanmartiniana rememorando el Cruce del Ejército de los Andes. No pude contener la emoción y me detuve al costado del camino, me saqué el casco para persignarme ante la imagen de la Virgen del Carmen que llevaban en andas. La caravana me ovacionó con un eufórico saludo ante mi gesto de devoción a la Virgencita y mi gratitud por la hazaña del más grande entre los grandes: el General San Martín. Algún día me gustaría participar de esta patriótica caravana.
Alcancé a mis compañeros en el ingreso a Uspallata, pero el tránsito estaba interrumpido por la ruidosa manifestación de ambientalistas que se oponen a la instalación de la minera “San Jorge”. ¡Qué bueno es saber que hay gente que con dignidad defiende la vida! Porque eso es precisamente el agua, el aire y la tierra.
Buscamos un lugar para comer PIZZAAA argentina y lo hallamos. A cinco metros de distancia dos motoqueros nos miraban con curiosidad y se acercaron a nuestra mesa. Eran miembros de un club internacional de motoqueros llamado LAMA. Compartimos experiencias y nos contaron que venían desde Uruguay y deseaban llegar, uno hasta Venezuela, y el otro a Miami. Nos hablaron de la seria y exigente organización de su club y los grandes lazos de fraternidad que se crean en el mundo por el sólo hecho de ser miembros de la asociación. Nos dejaron sus tarjetas, contactos vía internet y la sorprendente inquietud de crear LAMA MENDOZA… ¿porqué no?
Cargamos nafta (no gasolina) y enfrentamos el último tramo de la aventura. A escasos tres km, nuevamente el tránsito interrumpido. En este caso era un triste accidente de dos camiones que habían colisionado frontalmente. Cuando el flujo vehicular fue liberado, en la primera curva del camino veo por el espejito retrovisor que una camioneta se adelanta sin visibilidad y luego nos supera pasándonos a escasos centímetros de distancia. Acabábamos de contemplar una increíble tragedia producto seguramente de la imprudencia… ¡y este inadaptado no había memorizado la lección ni por dos minutos siquiera! Como nunca volví a pensar que en la ruta sólo debo confiar en mí mismo y en el Señor que me guía desde arriba. ¡En nadie más!
Llegamos a Casa sanos y salvos a reencontrarnos con los seres amados que angustiados habíamos dejado seis días atrás. El cuenta kilómetros marcaba 1.001 km. andados. Los bolsos ahora venían más livianos, pero el corazón rebalsaba en nuestros pechos de alegría, amistad, aprendizaje, quizás nostalgia. Acababa de despedir a mis hermanos “motoqueros” y ya los empezaba a extrañar.
Ingresando a mi pueblo de Tres Esquinas Montecaseros, pensé en aquella estrella que tomé en mis manos y también en esa “Ventana” junto al océano Pacífico. Una estrella que nunca hubiera atrapado si no me ponía algún día en camino hacia su encuentro, y una ventana que jamás hubiera abierto si el temor al fracaso aplacaba mis ansias de alcanzar el umbral de mis sueños.
Por fortuna puedo contar que un día crucé la cordillera de mis temores y limitaciones porque sabía que una estrella me esperaba al final de la huella, y que una ventana del más allá me permitiría apreciar el mundo desde una panorámica totalmente distinta… la de mis propios ojos.
Pero esa Ventana, por un insaciable anhelo de felicidad que los hombres llevamos dentro, se cerraba y se abría caprichosamente con el deseo de salir a la caza de otras estrellas… quizás más lejanas… o quién sabe... quizás más grandes todavía.







